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miércoles, 29 de diciembre de 2021

La extraordinaria historia del hombre resucitado

 Es difícil creerle a los borrachos.

El dicho aquel de que los niños y los borrachos dicen la verdad, no siempre es cierto. Por eso cuando me presentaron a José el pocero(que se dedica a escarbar pozos) como un hombre que se había desaparecido durante un año exactamente, y que así como desapareció volvió a aparecer, con una convicción plena y consciente, según él, de que sólo se  había ausentado una noche, cuando sus conocidos y amigos aseguran que estuvo desaparecido 360 días, motivo por el que le apodan "El Resucitado".

Al inicio José es hosco y desconfiado, pero con que se le invite un mezcalito empieza a sentirse en confianza y repite su historia con lujo de detalle. Me dice la persona que me lo presentó que nunca se equivoca, o es un timador profesional por repetir la misma historia sin equivocarse o realmente le sucedió lo que él cuenta.

En honor a la verdad debo confesar que este acontecimiento que relato aquí me sucedió hace varios años y que nunca me lo tomé en serio, hasta hace poco tiempo, en que otra persona en otro lugar distante, me contó la misma historia y me mostró evidencias parecidas y cuyas coincidencias son extraordinarias, por eso me atrevo a compartir esta historia.

José el pocero cuenta que una vez, en el mes de diciembre, fue contratado en una ranchería para buscar un lugar para construir un pozo. Él identifica el lugar donde hay agua utilizando unas varas de árbol y dice que nunca le ha fallado este método. Toma las ramas por el extremo y recorre el espacio que escoge para la búsqueda. Luego, la punta de la rama se clava en la superficie del lugar en el que debajo hay una corriente de agua o un manantial.

Dice que en la ranchería encontró un cauce subterráneo en donde chocan dos corrientes de agua. Después de marcar el lugar que estimaba como el mejor para la extracción del agua, el dueño del rancho estaba tan contento del descubrimiento de José, que, en agradecimiento, le invitó de comer y le ofreció mezcal para celebrarlo. Pero se le hizo tarde y regresó caminando a su pueblo, cerca de San Antonino, y como no encontraba transporte decidió internarse a pie por el campo, ya que había buena luz de luna y se veía el entorno con claridad. 

En una parte del camino, entre la maleza, le dieron ganas de hacer del baño y distinguió un enorme carrizal cerca de un arroyo seco. Aunque a esas horas de la media noche era difícil que alguien lo viera, se metió entre el carrizal buscando al arroyo. Dejó a un lado su rama de trabajo, su morral y su sombrero y se internó entre el carrizal. Una vez que se alivió del estómago se aseó con una hojas de grilla que se asomaban por ahí y se dispuso a salir del arroyo, pero cuando atravesó el carrizal, sus objetos personales ya no estaban en donde los había dejado.

Los buscó y luego se convenció de que posiblemente alguien se los había robado. Se acordó que en el morral llevaba el dinero que le habían pagado por su trabajo y una botella media llena de  mezcal y le dio mucho coraje, así que se puso a insultar al vacío y a aventar piedras ante un imaginario delincuente que le hubiera robado sus pertenencias. Pero no encontró a nadie.

Estaba seguro que había salido del carrizal por el mismo lugar por el que había entrado porque en esa vereda se encuentra una gran cantidad de nopaleras. No había modo de equivocarse. Así que antes de retirarse, decidió internarse nuevamente entre el carrizal para ver si encontraba sus cosas o al que se las había robado. Dice que esta vez el carrizal se le hizo más largo y empezó a temer de que le fuera a salir alguna serpiente de las que habitan por los carrizales. Así que no quiso seguir avanzando y retrocedió por un claro donde se veía gente. 

Corrió animado hacia las sombras y el murmullo y se sorprendió de que hubiera personas semidesnudas: había niños, mujeres, hombres y ancianos como si fuera una fiesta, pero todos vestidos de blanco;  los hombres sólo traían como  una especie de taparrabos, los niños andaban desnudos y las mujeres jóvenes sólo portaban como largas faldas de blanco, mientras que las mayores usaban una especie de huipil de una sola pieza que les cubría como un vestido.

Primero pensó que estaba soñando y trató de despertarse, pero no, estaba bien despierto. Se pellizcó y le dolió el brazo. Escuchaba que las personas hablaban zapoteco y a pesar de que él lo habla desde su nacimiento, le resultaba difícil entender bien lo que decían, parecía un zapoteco antiguo porque no utilizaban palabras del español, como el zapoteco de ahora.

Dice que a pesar de ver a las mujeres jóvenes exhibiendo sus senos al aire, que él no sintió ningún deseo, sino temor por no explicarse bien qué lugar era ese. Y que la gente, todos de estatura bajita y delgada y descalzos, hacía varias cosas, algunos hombres estaban sentados platicando cerca de una fogata, había mujeres que caminaban hacia distintos rumbos y los niños corrían por aquí y por allá, y todo aquello se escuchaba como un murmullo.

Miraba desconcertado a aquellas personas cuando un viejo le dio un empujón con su propia rama con la que José buscaba agua.

Aunque le costó trabajo entender al viejo encorvado que se apoyaba en una vara de árbol a modo de bastón, entendió que el viejo le pidió buscar un lugar para encontrar agua. José, temeroso, no preguntó nada, ni siquiera si le iban a pagar o no, así que tomó su vara y empezó a buscar agua.

Después de identificar una pendiente por donde se levantaba el carrizal, señaló el lugar con unas piedras y le dijo al viejo que ahí escarbaran, que en ese lugar se escuchaba una buena vena de agua.

El viejo asintió sonriente y en agradecimiento le entregó un monolito antiguo con unas piedras talladas. José no las quería tomar, pero el viejo le insistió. José estaba ansioso de saber qué poblado era ese que no conocía y le iba a preguntar al viejo si no había visto sus demás pertenencias, pero el hombre canoso, como adivinando su pregunta, se le adelantó y le señaló con el dedo hacia un lugar donde a lo lejos se veía entre la maleza su morral de manta y su sombrero. José sonrió agradecido y tomando su rama y las piezas que el viejo le había obsequiado se retiró sin hacer preguntas. Dice que el viejo lo empujó un par de veces, como invitándolo a abandonar aquel lugar. 

Siguió el rumbo por donde se veían sus pertenencias atravesando el carrizal. Ahí seguía su morral, su botella de mezcal, su dinero y su sombrero. Volteó hacia atrás, pero no vio a nada. De pronto, notó como si el carrizal se hubiera hecho muy tupido como una cerrada cortina oscura que no permitía ver nada y parecía amenazante.

Se armó de valor e intentó regresar, pero por más que lo intentó ya no vio a ninguna persona ni le pareció reconocer el lugar en el que había estado. Así, que identificando la hilera de nopales, siguió su camino para regresar a su pueblo. Ya el sol iba saliendo cuando entró por el camino principal de su comunidad y las primeras personas que lo vieron se sorprendieron y lo rodearon y le preguntaron que a dónde se había ido, que tenía un año que su familia lo andaba buscando y que creían que se había muerto.

José sonrió y dijo que esa era una buena broma, pero que nada más se había ausentado una noche.

Cuando lo acompañaron a su casa, su mujer lo abrazó y lloró y luego lo regañó, pero él estaba desorientado. Todo mundo le decía que se había desaparecido durante un año, pero él estaba seguro que sólo había sido una noche. Contó su historia y sacó las esculturas que le había obsequiado el viejo al que ayudó a buscar agua. Ahí estaba su dinero y la botella de mezcal que había ganado en la ranchería.

Las personas lo tomaron a loco y desde entonces, José empezó a beber más y más, dejando de buscar agua y dedicándose a cultivar su pequeña parcela. El jura que sólo se ausentó una noche, pero todos los que lo conocen también juran que se perdió un año entero, por eso lo apodaron José  "El resucitado".

Por ahí conservo unas fotos de los monolitos prehispánicos que me mostró con mucha desconfianza.

A veces, creo que es  un borracho que no tiene remedio.


lunes, 14 de abril de 2014

Precisión a la leyenda del Hombre-Pájaro

Se llamaba Jesús.

Como es usual en México, a las personas que se llaman Jesús les dicen "Chucho", por lo que éste señor lo llamaban Chucho.

Era un nagual oriundo de San Antonino y su virtud era convertirse en pájaro, por lo que le decían también "Chucho Pajarito".

Efectivamente, cuando se convertía en pájaro tenía la costumbre de robarse los billetes de las canastas que utilizan los comerciantes para guardar el dinero de su venta. Pero no era un ladrón malo, ya que los billetes que se robaba los iba a depositar a las personas muy pobres que no tenían que comer o que estaban muy necesitadas.

Chucho Pajarito era todo un héroe y su fama crecía al igual que el odio de algunos comerciantes.

Dicen que una vez fue identificado por unos comerciantes de otro pueblo, por lo que fue perseguido.

Al llegar a la cuesta de Ocotlán, que se llamaba antes Cuesta de Chávez, cansado por haber volado decenas de kilómetros sin descanso, se detuvo en este lugar a descansar ya en forma de persona. Pero sus perseguidores lograron detenerlo y como iban auxiliados por gendarmes que cargaban escopetas, le hicieron un juicio sumario y le deteminaron la muerte.

Entonces él, les pidió que le permitieran vendarse el rostro para no ver a sus asesinos y de esta manera morir tranquilo, a lo que accedieron los gendarmes.

Chucho Pajarito levantó el pañuelo sobre su rostro y al momento desapareció. Pero su pañuelo cayó sobre una piedra. Cuando los gendarmes y los comerciantes que los acompañaban levantaron el pañuelo, debajo de éste encontraron a un pájaro petrificado sobre la piedra.

Los que saben dicen que ese fue un truco más de Chucho Pajarito para huir nuevamente y la piedra quedó como un vestigio de poder.

Sus perseguidores pensaron que con eso habían ganado la batalla y como muestra quedó la tradición del pajarito en la piedra que con la ampliación de la carretera tuvo que ser removida, pero los trabajadores que ampliaron la carretera no conocían esta historia ni identificaron al pájaro sobre la piedra, por lo que ahora está botada ahí entre otras rocas, esperando el momento de que alguien la identifique y le dé su lugar en memoria de un hombre que ayudaba a quienes más lo necesitaban.

Fuente: Catalina Gómez, mi madre.

martes, 1 de abril de 2014

Leyenda del hombre pájaro

Hay muchos testigos.

Y cada uno de ellos jura que es cierto y aunque todos conocen la descendencia familiar del hombre pájaro, nadie se atreve a señalar a sus herederos porque saben que ese tipo de información se debe manejar con discreción.

Adicionalmente hay un factor que limita la difusión de esta extraordinaria historia: el respeto por los descendientes, ya que el hombre pájaro tenía la mala costumbre de cometer ilícitos, aprovechando la ventaja que le daba su condición de nagual, es decir, de persona que se puede transformar en animal y recuperar su condición humana a voluntad.

Del hombre pájaro se cuenta por ejemplo que era muy ingenioso para cometer sus tropelías, ya que para hurtar a los comerciantes que regresaban del mercado zonal de los indígenas del distrito de Ocotlán, tiraba un huarache nuevo que nadie recogía y más adelante tiraba el otro par, por lo que las personas dejaban sus mulas o sus toros con sus costales a la orilla del camino para regresar por el otro huarache y cuando volvían a donde habían dejado sus pertenencias, éstas simplemente habían desaparecido.

Se atribuye al hombre pájaro la habilidad de utilizar su pañuelo para realizar actos de magia.

Dicen que todavía se puede encontrar en la Cuesta de Chávez o Cuesta de Ocotlán una piedra en la que quedó grabado el pañuelo del hombre pájaro, una vez que fue perseguido y para desviar a sus atacantes dejó su pañuelo en una piedra, que quedó grabado como un fósil, logrando desorientar a sus perseguidores.

Lo más extraordinario del hombre pájaro es que lo metían a la cárcel y él salía volando de ésta convertido en un ave, por lo que era imposible detenerlo.

Alguien me prometió que me llevaría con uno de sus descendientes que precisa con mucha lucidez las extraordinarias aventuras del hombre pájaro, pero quiere hacerme prometer dos cosas:

1. Que no diga nunca quién me orientó para llegar a ese familiar y,
2. Que nunca cuente las extraordinarias hazañas del hombre pájaro.

Lo estoy pensando.











domingo, 26 de enero de 2014

Leyenda de las sombras gigantes

Son de mal agüero.

Les dicen sombras porque sólo se aparecen por las noches y nunca dejan ver su rostro completamente, sólo la silueta y los tenues rasgos de la cara, por lo que se sabe ahora que las sombras gigantes pertenecen a un hombre, una mujer y un perro.

Se aparecen a altas horas de la noche y al principio parecen normales, pero conforme uno se va acercando a ellos, van creciendo desmesuradamente hasta alcanzar los más de dos metros de altura.

Los perros y los caballos son los primeros que notan su presencia. Los perros ladran con temor y los caballos se niegan a avanzar, bajando la cabeza y resoplando con fuerza.

Por lo general, anuncian la muerte de la persona que los encuentra o bien, alguna desgracia próxima que ocurrió o ocurrirá en ese lugar donde se aparecen.

No son pocas las personas que han muerto de muy diversas causas, después de encontrarse a alguno de estos gigantes infernales.

Los mayores y los que han sobrevivido a su encuentro, saben que hay una forma de neutralizar su mal aire, y en consecuencia, la amenaza que anuncian: sólo hay que fumarse un cigarro frente a esos gigantes para que desaparezcan en el acto.

El único problema es que resulta sumamente complicado encender cualquier cerillo o encendedor frente a ellos.

También funciona una antorcha o carbón encendido porque, al parecer, el fuego es el elemento maravilloso que le pone fin a esas endemoniadas sombras.

De modo que cuando se vea en la necesidad de transitar por los campos de San Antonino en la oscuridad, tome sus precauciones porque hay gigantes oscuros que pueden salir en cualquier momento con las peores intenciones.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Leyenda del Burro de Oro


Algunos también conocen el sitio exacto.

Incluso, tomé una fotografía en un punto del cerrito de San Antonino Castillo Velasco, en la que aparece Ché Menn'brush---cuando él estaba vivo---- y está señalándome con una vara el lugar preciso, donde supuestamente está enterrado un burro de un metro y medio de largo, por un metro de alto, de oro puro de 18 kilates.

Como me resistí durante mucho tiempo a creer aquella fantástica historia un día le pedí que me señalara el lugar exacto donde enterraron el burro y después de casi diez años de insistirle, como si presintiera que no habría otra oportunidad para hacerlo, accedió a que fuéramos al cerro.

Entonces Ché Menn'brush todavía podía caminar, aunque con mucha dificultad, apoyándose en un viejo bastón de acacia, que heredó de su abuelo materno y que fue quien le transmitió esa información, con el propósito de que se la comunicara a alguna persona de confianza que pudiera velar por la sobrevivencia del pueblo de San Antonino para que estuviera al pendiente de que nadie, por ningún motivo, se atreviera a desenterrar al burro.

La historia cuenta que el pueblo antiguo de San Antonino tenía una localidad seca en la parte sur de su territorio y que con la llegada de los españoles al lugar, se fue convirtiendo en un punto franco que hoy está cedido a otras comunidades, y la gente de San Antonino se fue replegando hacia el poniente.

Pero la mayor parte del territorio en esa dirección estaba anegado e incluso había cocodrilos, peces y tortugas, y con fauna y flora propia de un lugar con agua excesiva que presentaba un par de islotes al norte de la actual comunidad y que fueron habitados también por pobladores originarios de San Antonino.

Las fuentes que surtían esa fantástica laguna se nutrían de varios manantiales, pero Ché Menn'brush nomás se acuerda de uno que se ubicaba en la actual calle Libertad, a una dos cuadras antes de llegar al actual arroyo que pasa por atrás del palacio municipal de San Antonino.

Otras fuentes se ubicaban en Tocuela, que según dice el Ché, también era territorio de San Antonino, y de cuyas fuentes emanaban extraordinarios arroyos de agua cristalina, al igual que los que bajaban de los cerros de más al sur y de los que hoy en día únicamente se identifican el de la calle Albino Zertuche y el Arroyo el Coyote, los otros todavía se pueden ver en algunos parajes, pero los principales atravesaban el centro de la comunidad de sur a norte y que hoy en día están ocupados por viviendas de un municipio vecino y que con la llegada de los españoles, fueron desviados para favorecer la creciente población demográfica y que, sin embargo, se pueden identificar por el trazo de calles que se truncan.

El caso es que antiguamente, desde tiempos prehispánicos, la población se diezmaba de vez en cuando por terribles inundaciones en las que perecían hombres, mujeres, niños y ancianos. Entonces, la población de San Antonino profesaban una religión pagana y el chamán de la comunidad sacrificaba regularmente animales al Dios de la lluvia, para frenar las inundaciones.

Originalmente se le ofrecían al Dios de la Lluvia ocelotes, venados, jaguares, porque entonces, había mucha vegetación y fauna, pero con la llegada de los españoles, que además de imponer su religión también acabaron con la mayor parte de la vegetación y la fauna, los pobladores de San Antonino en la época de la colonia todavía sufrían de inundaciones y serias dificultades para conseguir animales salvajes en territorios distantes, que además les significaba un peligro constante porque no pocos paisanos morían al enfrentar a la familia de felinos como el jaguar.

Es evidente que hoy en día la fauna ha ido migrando hacia el sur.

El caso es que con la llegada de los españoles y sus animales de carga y de arado, los modernos chamanes de la época, determinaron que el Dios de la lluvia se conformaría con una escultura enterrada en el corazón del pueblo, porque el territorio tiene forma de una persona, desdibujada hoy por la pérdida de territorio y la presión migratoria de la cabecera distrital. Entonces, los artesanos de la comunidad hacían enormes figuras de burros amarrados de barro o de madera, atados con joyería de oro, pero por lo general, y después de cada inundación, encontraban que las figuras se deshacían por la humedad y el peso de la tierra.

Finalmente, acordaron mandar a hacer un burro de oro macizo, en el que cooperaron todos los habitantes, porque desde tiempos inmemoriales se dedicaban a vender fuera del municipio y tenían mucho dinero. De esa manera y con el propósito de evitar la pérdida de vidas humanas ofrecieron al Dios de la Lluvia el burro de oro y desde entonces, las inundaciones ya no son tan graves en San Antonino.

Muchas personas cegadas por la ambición me han insistido para que les señale el lugar donde está enterrado el burro de oro con el propósito de sacarlo y aprovechar el oro, pero eso jamás lo haré.

Nunca, por ningún motivo, me atrevería a desafíar al Dios de la Lluvia.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Leyenda del capataz maldito

Sucedió hace mucho tiempo.

Cuando toda la región hervía bajo la fiebre del oro.

Los españoles entonces, echaron mano de la fuerza de trabajo indígena, imponiendo una cuota de hombres a cada pueblo para que trabajaran forzosamente en las minas.

Muchos indígenas enfermaban y morían pronto. Los pueblos se desolaron y las familias se desmembraron, reduciéndose el número de pobladores por municipios.

De manera principal los capataces eran españoles, pero como no todos hablaban lengua indígena, se apoyaban de vez en cuando con indígenas ladinos que se prestaban a los intereses de los españoles.

Tal es el caso de El Capataz Maldito.

Dicen que vestía como charro y montaba un precioso caballo pura sangre que le obsequió su patrón, en reconocimiento por sus infames servicios.

El capataz, indígena traductor, aprendió pronto el estilo de sometimiento de sus patrones y se caracterizaba por su crueldad para obligar a trabajar a los indígenas, contando además con una binza, con la que castigaba a los débiles y cuando éstos definitivamente ya no tenían fuerzas para trabajar, les echaba encima a su fiero caballo para matarlos con sus patadas.

Pronto la fama del capataz creció y a donde se dirigía sembraba el terror y la muerte.

Siendo un miembro valioso para los españoles, éstos le recompensaban con oro, pero como era muy hábil y ambicioso, también tenía sus propios medios ilícitos para sustraer el metal y esconderlo en algún lugar.

El caso es que una vez que necesitaron personas más pequeñas para ingresar a una veta de oro, el capataz se llevó a un par de niños gemelos de una familia, cuyos abuelos conocían los misterios de la naturaleza.

Pero como los gemelos se resistían a irse a trabajar a las minas, por las horribles historias que se contaban de los sobrevivientes. El capataz les echo su caballo encima con tanto odio que habiéndolos matado despertó el repudio de la comunidad y las artes dormidas de los abuelos.

Los abuelos maldijeron al capataz, lo sentenciaron como castigo a que su perversa alma jamás descansaría y que vagaría eternamente junto con su caballo, cargando el oro que como lastre le impediría descansar en el más allá.

Pero como los abuelos no eran malos, le dieron la oportunidad de regenerarse, por lo que tendría qué hacer obras buenas con el oro que gradualmente fuese desprendiendo para hacer obras de misericordia, tanto vivo como muerto.

El tiempo pasó.

Aseguran, los que conocen esta historia, que los españoles malos ya están en el infierno, mientras que el alma del capataz maldito, junto con su caballo, sigue amarrado en este mundo por el peso del oro mal habido.

De modo que hoy en día, en las noches de luna llena se aparece en ciertos lugares de la comunidad un charro sobre un caballo cargando pesados bultos en los que se supone que lleva oro.

Pero como la maldición fue tan severa, dicen los que lo han visto, que parece un enano montando un burro pequeño y que te habla en lengua indígena preguntándote si llevas tal apellido o si eres originario de tal comunidad, porque tiene algo que te pertenece desde tiempos inmemoriales.

Si existe error o ambición en el que da la respuesta, dicen que el paquete envuelto cuidadosamente entre carrizos y amarrado con mecate, que les entrega el charro, se convierte en ceniza. Pero que si tú eres honesto con tu respuesta el paquete que no puedes abrir hasta el día siguiente, se convierte en monedas de oro cuidadosamente acomodadas.

Discretamente se conoce que muchos paisanos han encontrado la riqueza de manos del capataz maldito y los que han encontrado cenizas, por su ambición y su contacto con ese ser maldito se enferman, e incluso, algunos hasta han muerto.

Sin embargo, muchos prefieren no contestar y rezar cuando se encuentran a ese fantasma.

¿Qué tanta maldad tendrá que pagar el capataz maldito, que dicen que todavía se le ve en algunas noches de luna llena?

No lo sé, pero te recomiendo que si un día te lo encuentras, no ambiciones cosa que no te pertenece, porque el capataz maldito anda cerca, muy cerca.

viernes, 14 de septiembre de 2012

La Matlacihuatl

Es real.

Dentro de las leyendas más difundidas y heredadas del mundo prehispánico existe la de la Matlacihuatl.

Existen muchas versiones y a millares de personas les consta que la Matlacihuatl existe.

La excepción no podía ser San Antonino Castillo Velasco, porque cuando alguien bebe en exceso, se vuelve candidato para conocer a la Matlacíhuatl o más bien, ella lo buscará y en castigo por abusar de las bebidas tratará de perderlo y lastimarlo, exponiéndolo, incluso, a la muerte.

Tal es la situación que nos pasó el otro día, en la boda a la que fuimos invitados y en la que el mezcal abusó de nosotros.

Serían como las ocho de la noche cuando ví que una mujer de formas excesivamente atractivas, con un vestido blanco de una sola pieza, ajustado al cuerpo, de pelo suelto largo y negro y de piel morena clara me coqueteaba abiertamente.

De su rostro de pómulos anchos destacaban sus grandes ojos negros y oblicuos, en los que se levantaban pequeñas y finas cejas sobre una frente que se estrechaba hacia arriba. Su nariz un poco chata le daba un aire de resolución, mientras sus carnosos y rojos labios de una boca mediana se entreabrían para mostrar una alineada y blanca dentadura.

El mentón de durazno, como una perla, se destacaba de su delgado cuello.

"¡Qué mujer indígena tan bella!", pensé.

No era delgada ni robusta, pero sí una mujer de formas macizas y eróticas.

De verla nada más uno la seguía y la seguí.

En la oscuridad de la noche su vestido blanco, con un escote generoso y sin mangas, reflejaba la luz de la luna como una lámpara que orientaba a uno en las sombras.

Avanzaba y volteaba hacia atrás, por donde venía yo, y me sonreía y su sonrisa derretía y daban ganas de tomarla, abrazarla y tumbarla en el piso con un loco deseo. Pero lista la chamaca, que parecía de unos 25 o 27 años, avanzaba más y no se dejaba atrapar incitando más a su perseguidor.

Alrededor de ambos todo giraba vertiginosamente.

El mareo y el vómito amenazaban terminar aquella persecución, pero el deseo era más fuerte y la promesa de la captura alejaban cualquier malestar.

Cuando parecía que la había extraviado, una voz me volvió a la realidad. Me ví entrando a la zanja del carrizal, en lo más profundo del monte, donde se ha ahogado más de uno aunque sepan nadar.

La voz era del personal del basurero municipal que desde su viejo camión y con los faros apuntando gritaban, ¡cuidado, deténgase, se va a ahogar!

Me ayudaron a salir y dijeron "pinche licenciado, qué anda haciendo a estas horas de la noche por estos lugares. Mire cómo viene descalzo y todo picado de espinas, ¿qué busca? ¿qué pretende? ¿matarse? ¿Alguien más venía con usted?"

Yo denegué.

No podía hablar, estaba entumido y desorientado y temeroso de que la chica que había perseguido se la hubiera tragado el pantano, con las terribles consecuencias de ser involuntario accesorio en un deceso.

Después todo se oscureció.

Cuando abrí los ojos estaba tendido en una camilla del Centro de Salud municipal. Estaba amaneciendo y un fuerte ruido de la puerta al azotarse me había despertado.

No había absolutamente nadie. Toda la cabeza me dolía. Yacía acostado en calzoncillos, con los brazos y las piernas vendadas en gran medida, por las diligentes curaciones que alguien me procuró.

Por el ventanal descubrí que el ruido de la puerta lo había provocado la enfermera que al retirarse y desde fuera del consultorio, se detuvo momentáneamente para mirar a través del cristal.

Me sonrió de una manera fría y espeluznante para alejarse con una rapidez extraordinaria.

"¡Qué curvas! ¡Qué cuerpazo!" me dije para mis adentros.

Entonces, como si me hubieran echado un balde de agua helada en todo el cuerpo, descubrí que ese bello rostro y esa sonrisa irónica eran los de la misma chica que yo había perseguido en medio de la noche...

viernes, 17 de agosto de 2012

La leyenda del espejo del alma

Dice Cat Zampancú que fue cierto.

Hace muchos años, cuando todavía la carretera de Oaxaca para Puerto Angel era un estrecho pasillo de tierra rodeado de inmensos montes y no existía el transporte como hoy en día, pues se utilizaban carretas, caballos y mulas para transportarse a largas distancias, encontraron en los campos de cultivo de San Antonino a un árabe con un camello herido de una pata y que en un mal español buscaba agua y comida para continuar su camino para Oaxaca.

Los campesinos le compartieron su comida y le sirvieron suficiente agua de pozo para él y su camello.

Como caía la tarde y el hombre aquel estaba realmente muy afectado le ofrecieron hospedaje en el pueblo.

El árabe accedió únicamente a descansar un par de noches y tratar de curarle la pata al camello, pues aseguraba que lo venían persiguiendo desde lejanas tierras para matarlo.

Como la lesión que traía el camello se complicó, el árabe decidió que sacrificaría al camello y lo enterraría por ahí, pero los campesinos le ofrecieron comprárselo con la seguridad de que lo mantendrían bien escondido para no dejar rastro de que el árabe pasó por estas tierras.

El árabe vio que las intenciones de la gente de San Antonino eran desinteresadas, nobles y de ayuda sincera, y como tampoco quería matar a su inseparable amigo y compañero, accedió a vendérselos, con la condición de que lo mantuvieran bien escondido durante un largo rato.

Cuando los campesinos ubicaron el lugar en el que residiría el camello se organizaron para realizar jornadas de vigilancia e impedir el paso de extraños y el árabe quedó maravillado con la inteligencia práctica de los paisanos de modo que les pidió un favor: que le guardaran una pequeña alfombra que perteneció a sus antepasados y que si en un año no regresaba, que enterraran la alfombra a siete metros de profundidad para que él sintiera que esa prenda estaría mejor así.

Los campesinos se organizaron y construyeron un horno de adobe al fondo del solar y sellaron cuidadosamente el centro de la base del horno, en el que pusieron a buen resguardo a la vista del árabe su alfombra dentro de un baúl. Y le prometieron que no utilizarían el horno y que lo abrirían hasta que el árabe regresara, incluso, le ofrecieron el tiempo que el quisiera.

El árabe les agradeció su amabilidad y dicen que prácticamente no descansó día y noche porque contaba historias con mucho ingenio. También le ofrecieron esconderlo, pero él no accedió y tras un par de días continuó su camino en caballo que le regalaron con abundante comida para el camino.

Como fue un secreto bien guardado, sólo los campesinos que vivieron aquella circunstancia esperaron pacientemente el regreso del árabe. El camello se adaptó con rapidez a su escondite, pero como la infección de su pata era progresiva el animal se mostraba muy enfermo e incómodo y un día simplemente   no se levantó y tal vez extrañando a su amo dejó de comer y de beber agua hasta que murió y lo enterraron completito, pese a las recomendaciones del árabe que, en caso de muerte del animal, se podía aprovechar su carne y su piel.

Pasó un año, dos años, tres, cuatro, cinco...muchos años, hasta que los campesinos, ya avanzados de edad, decidieron cumplir la promesa hecha al árabe.

Entonces, sacaron la alfombra del baúl escondido dentro de la base del horno y antes de proceder a enterrarla quisieron admirarla por curiosidad y extendiéndola se dieron cuenta que en realidad la alfombra era la capa exterior de un paquete envuelto en finas telas que protegían cuidadosamente un pedazo de un grueso espejo con un pedazo también de un marco de oro.

Sin embargo, cuando se miraron en el espejo, cayeron en la cuenta de que en algunos casos reflejaba una luz intensa de brillantes colores hermosos y armónicos que rodeaban al cuerpo como si de éste emanara un arcoíris, aunque no fuera orientado hacia la luz solar.

En otros casos, el espejo se tornaba opaco, como cuando se miró un campesino enfermo y en la parte de su corazón se oscurecía. Cuando percibieron esta maravilla del espejo, cada uno fue pasando el espejo frente a ellos y comprobando que reflejaba la salud y los pensamientos de ellos porque su rostro se miraba en el espejo según la personalidad que tenían, habiendo gente de figura angelical, pero también uno que otro de rostro endemoniado.

Temerosos y desconcertados por aquel extraño fenómeno discutieron qué hacer con el espejo. La mayoría eran de la idea de enterrar todo el paquete, mientras que unos pocos, en los que se tornaba opaca la imagen, decían que la promesa hecha al árabe fue de enterrar la alfombra, no su contenido.

Imponiéndose la sensatez, decidieron envolver el espejo en la alfombra y resguardarlo nuevamente en el baúl escondido en el interior de la base del horno.

Dice Cat Zampancú que ese hecho fue contado por su bisabuelo de 94 años, cuando ella era una pequeñita y que él era el único sobreviviente que sabía la historia y que incluso, hoy todavía existe en San Antonino el semiderruido horno que conserva en sus entrañas ese insólito y maravilloso espejo.

martes, 3 de julio de 2012

La leyenda del carrizo maldito

Es una lección de moralidad.

Hasta muchos años, las mujeres tenían prohibido ir a la escuela porque se decía que sólo aprendían a leer para escribirle cartas a sus novios.

Esa era una filosofía retrógrada, misógina y retardataria que impidió que mujeres muy talentosas, se quedaran con escasos o ningún grado escolar.

Forman parte de estas medidas de control de las mujeres, el hecho de conservar su castidad y decoro.

Hoy las cosas han cambiado mucho, afortunadamente, pero en aquellos viejos tiempos, las mujeres sufrían una severa represión social, en nombre de la dignidad de la familia.

En ese contexto se inscribe la leyenda del carrizo maldito, que va dirigida a las mujeres coquetas que no respetan su papel sumiso, callado y obediente, como debe ser en la cultura machista.

Y es precisamente lo que le pasó en aquellos días a Gude, una mujer espigada de negro cabello corto, que no usaba mandil y que a la que, además, le decían "marimacha" por respondona y valiente.

Dice la leyenda que estaba en una fiesta cuando escuchó que le silbaban desde la calle, con un sonido típico de los cínicos que engañan a las jovencitas con promesas de matrimonio, pero que una vez consumados sus bajos instintos, las dejan vestidas y alborotadas.

Así que Gude se asomó aquella noche para ver quien le llamaba detrás de la barda de carrizo y resultó que se trataba de un apuesto joven, todo él vestido de color negro con un enorme sombrero y que le dijo: "Gude, te invito a platicar un ratito allá en el carrizal." "No le digas a nadie, para que nadie nos interrumpa, ándale, vamos en mi caballo y te regreso en un rato".


La valiente Gude lo dudó, pero la magia del apuesto caballero era tan intensa que accedió a subirse al caballo y se alejaron rumbo a un enorme cañaveral que estaba frente al panteón municipal y que hoy ya no existe.


Aunque llegaron muy rápido, la voz y lo que contaba el apuesto joven era verdaderamente seductor y a cada paso Gude sentía que había encontrado el paraíso.


Antes de llegar y entrar al espeso carrizal Gude tuvo mucho frío y temor y por un instinto de conservación intentó huir, saltando del caballo, pero aquel caballero la alcanzó y le rasgó la blusa, dejando ver un crucifijo de oro que cargaba Gude, por lo que el hombre retrocedió y entonces ella aprovechó la oportunidad para levantar un carrizo y utilizarlo para defenderse.


Gude se alejó corriendo y  jadeante, con la blusa rota y el carrizo en la mano regresó a la fiesta, fingiendo que no le había pasado nada. Pero todos se dieron cuenta que no sólo ella no sólo estaba mal físicamente, sino que algo muy raro le había pasado porque su forma de mirar y de hablar era incoherente. Pero lo más espantoso, sin duda y es algo que hasta la fecha sólo tiene una explicación, es que el carrizo que Gude llevaba entre las manos, era un largo hueso del cuerpo humano.


Desde entonces, Gude quedó como transtornada y las muchachas del pueblo confirmaron el por qué  tienen prohibido hablar con extraños.

martes, 17 de enero de 2012

Leyenda del Diablo Prestamista

Es normal.

Un pueblo que históricamente ha tenido gente que se dedica a prestar, no podía omitir una leyenda precisamente sobre la gente que presta.

Cuentan los mayores que allá por el Cerrito de San Antonino--donde suceden cosas inexplicables y se ven fenómenos con frecuencia---, hay un pastor muy elegante, motivo por el cual le dicen el catrín.

El catrín viste ropa impecable, de cuero y de color oscuro y para ser pastor tendría que ser el diablo por el rebaño que tiene.

Su fabuloso rebaño consiste en un conjunto de personas que le pidieron prestado y que al no poderle pagar  se esclavizaron, dedicándose a lavar oro, en las piedras gigantes que se encuentran en las faldas del cerro.

Dicen que a lo lejos se ve un auténtico rebaño de borregos, pero cuando uno se acerca, la propia gente a la que se creía desaparecida, habla pidiendo auxilio para liquidar su adeudo y obtener la liberación de su alma.

Varias personas que se pensaba incluso que ya habían muerto, realmente se encontraban separando el oro de las impurezas, sobre las misteriosas piedras y esperando que alguien que los conoce se acercara para brindarles apoyo y así liberarse.

Que ese es el origen de las inexplicables marcas que se encuentran sobre las piedras gigantes del cerro de San Antonino.

Escalofriante.



viernes, 12 de agosto de 2011

Leyenda del hombre que tuvo pacto con el diablo

Aunque usted no lo crea.
Hasta hace unos días me parecía que el viejo Me'mb ocultaba algo serio y grave.
Acostumbrado a contar largas historias fantásticas mientras degusta mezcal, me pareció que tenía mucha imaginación alentada por el metanol que lo arrancaba de la vida.
Ebrio o no, siempre sostenía lo que decía.
Una de sus más fantásticas historias---que cualquiera podíamos creer porque hay elementos de verosimilitud indiscutibles--- es que se sacó el premio principal del Melate y que nunca lo quiso cobrar. Digo que se puede creer porque al menos hay dos premios principales del Melate que nunca fueron cobrados en Oaxaca.
Y Me'mb dice que uno es de él, por eso ya no se aguantó más ----ya no se aguantó andar sin mezcal---y a cambio de acompañarlo a echarnos unos tragos me confesó el motivo por el que nunca quiso cobrar el premio.
Cabe señalar que soy la única persona que conoce esta historia, tal como se lo prometí.
Dice que siendo joven se había endeudado sin límite. Por causa de la pobreza lo abandonó su mujer. Perdió su casa. Vendió sus animales y su escaso patrimonio, refugiándose desde entonces en un solar a las orillas de San Antonino, que es la única herencia que conservó de su madre.
Viéndose en tal grado de necesidad invocaba e invocaba a santos, angeles y demonios, a ver quién lo sacaba del atolladero. Y en una de esas, por el cerrito de San Antonino, se le apareció un "catrín"; es decir, un señor de tez blanca como la nieve, joven de una belleza extraordinaria, pero frío, frío como cadaver y vestido con una camisa negra con orlas como de difunto sobre el pecho y un chaleco de piel negra. Su pantalón de piel y sus botas negras, eran acompañadas por una binza enorme como su estatura y abordándolo de lado le dijo: "Me'mb, estás muy jodido. Has perdido hasta la fé y ahora yo soy el único que te puede ofrecer dinero, todo el dinero que quieras para sentirte el único, para ser más que todos los que conoces y para comprar lo que nunca has tenido. Todo el dinero que te imagines yo te lo puedo dar cuando tú quieras. Tu no me podrás devolver el dinero y ni pagarme intereses. Lo único que sucederá es que sólo tendrás un año de vida después de que yo te entregue el dinero. Pero piénsalo, ¿a poco no vale la pena ese pequeño sacrificio para tenerlo todo, para humillar a los que te pisotean,  para vengarte de los que te discriminan, para cobrar todas las que te deben los hipócritas que te rodean?" Y acto seguido desapareció como había llegado.
Mem'b dice que sintió como si le hubiera echado un balde de agua helada por la espalda y que no se acuerda si aquello fue realidad o un sueño, por el hambre y la desesperación. Pero precisa detalle a detalle la entrevista con el personaje aquel.
Durante muchos años guardó el secreto al tiempo que acumulaba temores y caía en las garras del mezcal --- "más bien, el mezcal cae en mis garras, dice en tono de broma"---, y habiéndose dado cuenta de la dimensión de ese trato que le habían ofrecido, decidió no desear tener dinero, hasta el día en que fue brutalmente humillado cuando pidió prestado.
Dice que después de ser regañado, de ser humillado y pisoteado (lo cual es una mala costumbre cuando uno pide favores), le negaron el préstamo. Entonces deseó con todo su ser tener suficiente dinero para vengarse.  Y aquella noche soñó que se dirigía al centro de la ciudad a un local en donde venden juegos de lotería, fijándose especialmente en uno que se llama Melate.
Una amiga de Santa Ana Zegache que trabaja como nana en la casa de un panadero le facilitó cincuenta pesos para poder ir a buscar a Oaxaca la tienda que él soñó.
Preguntó cómo se participaba en ese sorteo y compró un boleto.
Ese día se durmió en el Parque del Llano y muy de mañana se dirigió al local hasta que lo habrieron y él pudo constatar el resultado, indiscutiblemente se había ganado el premio principal.
Dice que el corazón se le salía por la vieja y raída camisa y se revolcaba en un jardín del centro loco de contento y de incredulidad. Sobre todo, empezó a imaginar una por una las venganzas que tenía acumuladas hasta que en su larga lista, sus ojos toparon con la fachada de una iglesia y se recordó de inmediato del rostro del "catrín" y el recordatorio aquel de que tenía un año de vida a partir de recibir el dinero para hacer todo lo que quisiera.
Lo pensó mucho y consultaba a diario cómo y hasta cuánto podía cobrar el premio.
No se decidía. Estaba desesperado y en una de esas se dirigió al sitio en el que se le había aparecido el catrín. En ese lugar encontró una serpiente de coralillo que lo contemplaba fijamente. Un mal presentimiento lo embargó y se alejó decidido a tomar una decisión, acaso la más importante en su vida: quemó el comprobante del juego y nunca se presentó a cobrar el premio.
Después de un año de aquel suceso esperó su muerte con resignación, pero pasaron muchos años como hasta ahora y sigue vivo y no le va mal. Se dedica a sembrar y el mismo vende lo que cosecha.
En sus ratos libres se la pasa tomando mezcal en el amplio, amplísimo patio de su casa.

Después del mezcal minero que le llevé me prometió que me va a llevar al lugar preciso en que se le apareció el diablo.

Je, je, je.


jueves, 16 de diciembre de 2010

La leyenda de la carreta de la muerte

De las leyendas de San Antonino hay una que causa escalofrío.
Se trata de la carreta de la muerte, que tal vez muchas personas han tenido la oportunidad de ver, pero muy pocas han sobrevivido para contarlo.
Realmente yo la escuché de los labios de un viejo que lo enfrentó.
No es la primera vez que, buscando historias y documentos, fotografías y objetos antiguos de San Antonino, alguien me invita para platicar sobre esos temas.
Fue precisamente en el mes de noviembre cuando acudí al llamado de "Bic' rab", el viejo raboverde que conserva en su jardín uno de los mejores ejemplares de plantas endémicas de San Antonino, la mayoría medicinales y que es un material muy valioso que estoy documentando.
El caso es que nos agarró la noche platicando mil historias entre mezcal y mezcal, de modo que pasando de la medianoche me disponía a retirarme cuando en la fría y oscura noche se escuchó el aullido de los perros seguido de un sonido muy especial: "ric-rac-truc-trac".
Cuando Bic' rab lo escuchó se quedó congelado. ---"¿Lo escuchas? me preguntó.
Efectivamente, sobre la calle sin pavimentar, junto al muro de adobe, por la parte de los carrizos que hacen de zaguán, se escuchaba el maligno sonido que causaba un dolor de cabeza, como si a uno lo golpeara un martillo a cada horrible sonido "ric-rac-truc-trac".
Bic' rab con los ojos vidriosos por lágrimas de terror me apartó contra la pared y dijo: ---¡Maldita sea! ¡Más que nunca,  alguien va a morir! Se quedó mirando su cuerpo como buscando algo y luego me miró a mí. Yo que tenía el escalofrío a flor de piel levanté la mano y le dije, "no, no, no. Eso sí que no."
Avanzamos con cautela para ver qué producía aquel ruido, pero yo no ví nada. Bic' rab, en cambio, abría los ojos desmesuradamente, sudando en medio de aquel frío terrible, señalaba algo visible sólo para sus ojos.
----¿Dime Bic´, qué ves? le pregunté.
Y el viejo Bic´ me gritaba con terror, "Mira, allí, ¿que no lo ves? Pero yo no veía nada, más que las sombras de la noche y el aullido incesante de los perros. ---Por favor, Bic`, insistí, díme qué ves? Y él me contestó ---"Más que nunca, como le pasó a mi padre, ahora viene por mí. Más que nunca es la carreta de la muerte. Toda ella está formada de huesos amarillentos y viejos. Más que nunca sus ruedas están formadas de huesos amarrados con mecate. La va jalando un caballo negro y fuerte y la va conduciendo el carretero de la muerte. Ese hombre viejo cuyo rostro le tapa el sombrero y lleva una capa negra que cubre todo su cuerpo. El caballo tiene enormes ojos rojizos que parecen llamas de fuego. Más que nunca...
----Bic´, háblale, pregúntale qué quiere, le dije con mucho temor.
----Shhhhhh. Cállate, nos va a descubrir. Anda buscando a alguien. Alguien que hoy va a morir.
----Por favor, Bic´, pregúntale quién.
Y de pronto, como si la figura fantasmal aquella nos hubiese escuchado, se oyó con toda claridad como alguien avanzaba hacia la puerta de carrizo, misma que se abrió, supongo yo, por efecto del viento, pero Bic` estaba francamente aterrorizado. Noté que su calzón de manta estaba mojado. Lo que haya sido le provocó que se orinara en su propio pantalón. Tenía los pelos de punta y boquiabierto miraba algo con los ojos sumamente desorbitados, tratando de safarse de algo que al parecer lo detenía y luchaba desesperadamente contra el aire. Me gritó que arrancara un poco de albahaca y que le echara mezcal y en medio de aquel espectáculo de locura yo le pasé tres ramos de albahaca empapados en mezcal, con los que él parecía defenderse como una espada contra un atacante imaginario. Yo estaba congelado por el frío, un zumbido profundo me taladraba el cerebro y llegué a pensar que Bic`rab había enloquecido.
De pronto, se escuchó nuevamente como si alguien se alejara y acto seguido el sonido aquel, horrible, como un eco surgido de lo más profundo de las cavernas se repitió de nuevo "ric-rac-truc-trac", mientras el viejo Bic`rab permanecía tirado en el suelo sudoroso y con el corazón palpitante y el aullido de los perros aumentaba con mucha insistencia.
Con cierto temor me acerqué a Bic´ rab esperando lo peor, pero todavía respiraba. Como pude lo cargué y nunca pensé que aquel hombre bajito de unos 89 años estuviera tan pesado, como pude lo dejè acostado en un petate en su corredor y de inmediato llamé a la policía municipal para que trajeran un médico. La respuesta fue que no podían traer a ningún médico porque los del centro de salud trabajaban medio día y que esperara a que amaneciera, no faltaba mucho, era de madrugada. Grité un par de groserías a los que me contestaron y estaba a punto de salir a la calle en busca de un médico cuando Bic` rab se incorporó exhausto y me dijo "no te vayas. quédate aquí."  Me recosté a su lado con alivio porque estaba vivo. Entonces noté que mi pantalón también estaba mojado. En algún momento me mojé sin darme cuenta. Acto seguido me quedé profundamente dormido y tuve puras pesadillas de las que tampoco Bic`rab me pudo despertar porque estaba también profundamente dormido.
Una voz de mujer nos despertó al mismo tiempo en la mañanita: "----Chingadamadre, chimpaimul, pinches borrachos desgraciados, miren nomás cómo acabaron, debería darles vergüenza, destrozaron la puerta y dañaron varios surcos de plantas. No tienen remedio..." Era la hermana de Bic`rab, de unos setenta años, que venía a dejarle el desayuno en una canasta de carrizo. El olor a pan caliente, el humo incesante que despedía el jarro con chocolate y la jarra del atole me hicieron olvidar todo lo pasado. Desayunamos en silencio. Bic` rab me miró con complicidad y me dijo discretamente "----Esta vez estuvo cerca. Cuando venga el carretero de la muerte tienes que espantarlo con albahaca mojada en mezcal. Venía por mí pero lo mandé a chingar a su madre."
Mientras, su hermana, trataba de corregir los surcos de plantas maltratadas, resultado de una disputa que sólo Bic`rab yo compartíamos, me almorcé unas tortillas recién salidas del comal con un plato de frijoles de olla con chille verde y cebolla picada que me supieron a gloria.

jueves, 25 de noviembre de 2010

La Leyenda del perro negro

Este asunto lo conocemos solamente Beto Viushe y yo.
La recaída de salud de Beto Viushe no se debió al azúcar---como le dicen popularmente a la diabetes---, se debió a una causa mucho más complicada que tiene que ver con la naturaleza de las personas, sus actos y las consecuencias de éstos.
Es como una ley: todo lo que hagas, digas o pienses, bueno o malo, se te revertirá irremediablemente tarde o temprano. Y ahí está la explicación y la justificación contundente que explica por qué Beto Viushe, el gordo tocinero que se negó a ser razonable, que se negó a perdonar y que es un prestamista al que nadie que lo conozca realmente se atrevería a pedirle prestado porque te cobra a la mala, sin entender razones y te exprime hasta sacarte la última gota de dinero y de dignidad y si algo queda de tí, no dudes que Beto Viushe, que nació para matar cuches y matar la moral de las personas, también acabará con eso, porque no perdona absolutamente nada ni a nadie.
Acostumbrado a levantarse a las dos de la madrugada para matar cuches y convertirlos en alimentos naturales y preparados, como la cecina, el chorizo, los viushes ---esa retacería de carne y grasa que se cuece en tres cuartos y vence al apetito en la primera probada----; Beto Viushe no contaba con que el maltrato a sus semejantes y su falta de comprensión y apoyo a sus deudores, se materializaría en aquel horrible perro negro que le salió esa madrugada, cuando Beto Viushe se dirigió a su terreno donde mete los cerdos que habrán de ser sacrificados.
Primero pensó que aquello era un perro callejero ordinario, pero ilógicamente iba aumentando de tamaño, con sus ojos vidriosos y brillantes que hinoptizaban al más valiente, sus patas se iban alargando y pronto adquiría el tamaño de un burro, luego el de una mula, luego el de un caballo y sus poderosas fauces brillaban bajo la luz de la luna como puñales filosos y babeantes de abundante espuma que anunciaban la rabia de un inevitable ataque.
Beto Viushe intuyó que aquello era su fin, porque la leyenda dice que cuando te encuentras al perro negro que crece y crece es que ya se llegó tu fin y realmente pocos son los que tienen la oportunidad de contarlo.
Una forma de conjurar aquella terrible figura endemoniada consiste en orinarse sobre una pistola, porque si no la mojas con tu propia orina, la pistola no se disparará nunca.
Pero esa vez Beto Viushe no llevaba ningún arma con él, sólo llevaba su lazo y una binza, que es una cuerda echa con la parte noble del toro que es estirada hasta su máxima expresión y se trenza para quedar como una extraordinaria arma para golpear animales rebeldes y personas tercas. Pero Beto Viushe, que bien merece un par de binzasos, no se podía pegar ni pegarle a aquel terrible demonio que creció hasta convertirse en una auténtica amenaza.
Dice Beto Viushe que cuando se encontró al perro negro supo que era su fín.
De modo que se quedó atónito esperando a que el animal se le lanzara con sus horribles fauces y acabara de una vez por todas y para siempre con la vida de Beto Viushe.
Precisamente la aparición se dio justo el día después de que despojó  de su casa a una humilde mujer que no le pudo pagar un préstamo con elevadísimos intereses.
Beto Viushe comprendió rápidamente que aquello era un castigo que él se había buscado, no por éste, sino por todos los abusos que había cometido.
La leyenda del perro negro dice que se te aparecerá y crecerá según es la energía negativa que has creado, de modo que su tamaño siempre será un reflejo de tu maldad y el tamaño del perro negro de Beto Viushe era extraordinariamente alto y robusto.
A Beto Viushe lo encontraron desmayado en el chiquero, todo embarrado en lodo y estiércol y a punto de ser devorado por los cerdos que husmeaban su cuerpo antes de clavarle el diente.
El médico diagnosticó un problema severo de su avanzada diabetes, pero Beto Viushe, cuando pudo hablar, antes de llamar al cura para confesarse, me mandó llamar a mí y me contó en secreto todo cuanto había pasado, confirmándome así lo que hasta ese día creí que se trataba simplemente de una leyenda, pero esto lo sabemos sólo Beto Viushe y yo. Doy fé.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La leyenda del tenate viviente

Tenate de caña o cesto de carrizo, los paisanos lo han convertido en la leyenda del pizcador viviente.

Precisamente después de que una noche que llegué a San Antonino ví a lo lejos un tenate enorme que venía rodando hacia mí, pero conforme se acercaba se hacía más chiquito y yo, con mi escepticismo científico, pensaba que aquello podría tratarse de algo absolutamente natural. Sin embargo, ya eran varias veces que me pasaba.

Un día le platiqué esto a una persona mayor que me escuchó muy sorprendida y que me exigió que le contara este asunto a su marido, el viejo Nid.

Más o menos así estuvo la plática.

El viejo Níd, chasquea la lengua---un hábito adquirido de sus tiempos de pastor de chivos en la montaña--- y que es un signo de que se dispone a mantener una charla grata (la plática debe disfrutarse como la buena comida y como la buena mujer, me había dicho), se siente en una enorme piedra de río en forma de colchón de cama individual, que está colocada debajo de un extraordinario árbol de framboyán; saca un cigarrillo y lo enciende, dejando escapar una bocada de humo que se eleva y el viejo habla:
"Cuando yo era niño, entonces no teníamos luz en San Antonino y ocupábamos velas y quinqués de aceite de  grilla. La hoja de grilla la usábamos como papel de baño. Hoy ya está todo bien poblado. En esos tiempos San Antonino mandaba mucho más allá de donde alcanza la mirada y todo estaba rodeado de vegetación. Había mucha agua y teníamos un río. Hoy sólo cuando llueve pasa una miseria de agua sucia en forma de arrollo. Las cercas de nuestras casas eran de carrizo y nogales y sólo la gente rica tenía casa de adobe. Nuestras casas---que antes eran muy grandes, más grandes de las que construyen ahora----, tenían huertos y jardines y la gente barría a diario su calle.
"En esos tiempos de oscuras calles iluminadas frágilmente por la luz de la luna, pronto nos metíamos a dormir, porque la gente educada se duerme temprano y se levanta más temprano. En algunas ocasiones el trabajo demandaba desvelarse para regar los cultivos del campo con un cántaro que primero era de barro y luego de metal, qué manguera, ni qué corriente eléctrica, ni qué fertilizantes ni nada de esas porquerías.
"Pues una madrugada me fuí a las dos de la mañana al campo, porque si quieres lograr un tipo de flor el secreto es regarla muy de madrugada y madura y florece re chula la condenada. Entonces, como terminé temprano me regresé como a las cuatro de la mañana a la casa, a esa hora ya los comerciantes iban con sus mulas y sus enormes tenates a vender a Oaxaca, a Ocotlán, a Ejutla, a Miahuatlán, a todos lados, hombre, a todos lados porque el que no se mueve no avanza. Entonces, pasando el centro del municipio me salió un pizcador (tenate o cesto) que se movía hacia mí rodando lentamente y como venía de frente avanzaba más rápido y parecía hacerse más grande. Se trata de un pizcador del diablo, porque sólo el diablo puede hacer ese tipo de pizcadores re chulos, macizos, con un carrizo que seguramente se cultiva en el infierno, un carrizo amarillo con tintes rojos, como el fuego. Bien logrado el pizcador. Yo me arrodillé del lado de la cerca de carrizo que tenía a mi derecha para dejar pasar el pizcador rodante. Mientras venía hacia mí, empecé a rezar un padre nuestro y el pizcador empezaba a detenerse. Entonces que empiezo a rezar un rosario y el pizcador empezó a hacerse pequeñito, pequeñito hasta convertirse en una canastita bien chiquita y bien bonita y yo me quedé maravillado de ver cómo se transformaba ese pizcador amenazante en una canastita y no aguantaba las ganas de agarrarla, pero me acerqué lo suficiente para ver que estaba llena de monedas de oro. Yo las conozco porque tengo muchas de esas monedas. Eso sí es oro no como esos billetes feos que si los guardas se te echan a perder y cuando los sacas ya no te los aceptan porque dizque ya no sirven. Pinche gobierno, esa es una forma de robar, hacer que el dinero no sirva. Pero bueno, entonces yo que estiro la mano para agarrar el asa de la canasta y que se deja agarrar, pero pesaba mucho, mucho, yo no podía levantarla y cuanto más quería levantarla, más pesaba la condenada canasta. Entonces, que se me ocurre hablarle a la canasta y que le digo, ----Espíritu de quien seas. Si esta canasta es para mí, haz que me la pueda llevar y si no, llévatela para que no cause ningún daño. En ese momento que escucho una voz que parecía muy lejana, pero muy lejana y me decía por mi nombre 'Nid, yo soy un comerciante que estoy pagando mis pecados.  Fuí muy malo porque no daba completo, revolvía la cosa mala con la cosa buena para engañar a los marchantes (clientes), siempre compré barato y vendí caro, robé al que tenía y maltrataba al que no tenía. Por eso mi castigo es rodar en este tenate que me servía para vender y cuando encuentro un hombre malo, mi tenate lo atropella, porque los hombres no saben que la ley de la vida es recibir lo que das y que tienes que ser un hombre justo. Y si encuentro un hombre bueno y justo, entonces mi enorme pizcador se convierte en una canastita de oro, que es una forma de pagar y devolverle a la gente algo de lo que me llevé.' Entonces yo le pregunté al espíritu ---Si es para mí esa canastita de oro, entonces por qué pesó tanto al principio que la quería levantar y el espíritu me contestó con su voz lejana: 'Nid, al principio no la podías levantar porque viste el dinero y era tu ambición la que pesaba. Pero después pensaste que con estas monedas ibas a hacer cosas buenas, por eso se aligeró su peso. Tu corazón aligeró el peso, por eso no te perdió la ambición. Así que Nid, por favor, llévate esas monedas de oro y sin que nadie se entere harás obras buenas como las que pensaste. Una vez que hallas realizado cosas buenas no conserves ninguna moneda para tí porque si te quedas con algo sólo piedras encontrarás en el tenatito.'
"En ese momento yo quería hacer más preguntas, pero vino un viento fuerte y terrible que levantó la tierra y generó un remolino que pensé que me iba a llevar con todo y canasta. Mi cántaro se movía como piñata y la canastita nomás no la soltaba porque yo soy hombre de palabra y no le iba a fallar a un difunto, no fuera a hacer la de malas. En ese momento que se fue el remolino, los perros empezaron a aullar y yo me apresuré para llegar a la casa con el canastito.'
A la mañana siguiente me desperté tarde, como a las siete de la mañana, pensé que todo aquello había sido un sueño y me dije, ---chingá, por andar durmiendo y soñando pendejadas ya se me hizo tarde, pero me dí cuenta que también mi vieja estaba durmiendo y los chamacos también. Porque todos a diario nos levantamos a las cinco de la mañana. Entonces, el atole no estaba hecho, las tortillas no estaban hechas, la lumbre no había sido puesta.  Me levanté enojado diciendo pestes y al sacar del baúl la camisa que me tocaba ponerme ese día casi me desmayo de encontrar la canastita con monedas de oro, lo palpé, lo confirmé y que cierro con candado el baúl."
El viejo Nid se acabó su cigarro, lo que aproveché para preguntarle que qué hizo con el oro y cuánto era. Me miró con desconfianza y desprecio. Yo sentí que mentalmente me dijo una grosería por estarlo juzgando. Molesto pero seguro, como quien defiende su verdad continúo:
'-----El dinero nunca es suficiente. Pero en ese canastito había lo suficiente para hacer algunas cosas buenas que desde antes yo quería hacer para ayudar a la gente. Ahora no te digo porque le prometí al espíritu no decir las cosas buenas que hice, pero ten la seguridad de que hasta la última moneda de oro fue para ayudar a quienes realmente lo necesitaban."
Y el canastito Nid, qué hiciste con el canastito? no se te ocurrió probar si se convertían en piedra las monedas?, le pregunté. Nid, verdaderamente molesto me constestó "Pendejo, se nota que nunca en tu vida has hablado con los muertos. Si le haces una promesa a un espíritu no dudes que estás empeñando no sólo tu palabra, sino tu alma."
Me moví un poco incómodo en el tronco de árbol en el que yo estaba sentado y me quedé callado, dejando que Nid continuara hablando.
"Una vez que gasté discretamente hasta la última moneda en obras buenas a los ojos de Dios, de los hombres y del espíritu con el que hablé fui a buscarlo nuevamente al lugar, el día y la hora en que lo encontré. No apareció. Sin embargo, una noche mientras dormía tuve un sueño en el que escuchaba la voz del mismo espíritu y me decía: 'Nid, pasaste la prueba, ora te voy a pedir que vayas al carrizal que está ubicado en tal lugar' y me dió seña precisa de ese lugar en el campo que conozco porque hasta la fecha ese lugar existe. Y el espíritu continúo: 'Nid, métete al carrizal, ahí en medio de éste hay un claro donde debes quemar el tenatito en noche de luna llena, pero pon atención a lo que te digo, no le cuentes a nadie a dónde vas  ni qué vas a hacer, una vez que quemes el tenatito lo vas a enterrar debajo de unas piedras de río que están ahí amontonadas. Nomás escarbas tantito y ahí vas a echar las cenizas. Y si todavía existe ahí mismo enterrada una bolsa de piel que dejé hace mucho tiempo, llévatela, haz con eso lo que quieras y quédatelo.' Entonces lo que hice fue esperar al día en que llega la luna llena. Entré al carrizal y afortunadamente no me salió ninguna víbora porque ese carrizal esconde muchos animales feos. Quemé el tenate hasta que quedó convertido en ceniza y no fue difícil encontrar las piedras de río. Las removí y escarbé y antes de vacíar las cenizas me encontré una bolsa de piel que no pesaba nadita. La saqué y deposité en su lugar las cenizas. Tapé nuevamente y me regresé a la casa. La bolsa estaba llena de monedas de oro."
Nid sacó otro cigarro y se quedó contemplando su enorme extensión de campo de cultivo, que se extiende hasta allá, hasta donde topa la vista.